La Marca Pablo Escobar

La Marca Pablo Escobar

El enunciado “plata o plomo” es una de las citas más internacionalizada de la marca Pablo Escobar. De ahí se producen una enorme gama de productos, una rentable variedad de souvenirs que permiten a los consumidores entrar en contacto publicitario con una de las figuras con mayor proyección internacional de Colombia. Esta frase se hizo popular gracias a una escena en la que Pablo Escobar, al ser descubierto en un retén del ejercito con un cargamento de contrabando, le ofrece al interlocutor que lo confronta la posibilidad de recibir dinero: plata o recibir una lluvia de balas: plomo.

La marca Narcos encierra otra marca llamada Pablo Escobar, pero también lo son cada uno de los actores, el director, el guionista, la DEA, el Cártel de Medellín, los artistas que participan allí, el cantante de la banda sonora, las modelos que actúan. Todos ellos son marcas respaldadas por un currículo profesional que se mide de acuerdo con estándares instaurados por el protocolo del régimen del semiocapitalismo:

No importa de qué se trate. Universidades como Harvard, museos como el Louvre, compañías de seguros y hospitales, autores, actores, deportistas son marcas. Casi todas las cosas que aspiren a pervivir con fuerza deberán reencarnarse en una imagen de marca, en una marca con imagen. La imagen salva. (Verdú, 2003a, p.39)

La oportunidad de difusión de contenidos de una serie televisiva en línea es mucho mayor a la de cualquier otro producto audiovisual, porque sus posibilidades de ramificación se potencian gracias a las redes sociales y a los subproductos que se derivan de cualquier relato mediático de alto impacto. No basta con que el producto exista, sino que a través de estas plataformas se hable de él, sus protagonistas son entrevistados, se hacen memes, fan pages, programas de farándula, chismes, portadas de revistas y toda una estructura que tiene como objetivo posicionar la marca en la mente del consumidor y, de paso, los elementos ideológicos con los que está comprometida. La flexibilidad de los tiempos de recepción y la amplia presencia de contenidos en redes sociales hacen de Netflix un innovador modelo de negocio en la producción, distribución y consumo de contenidos audiovisuales. Estas prácticas publicitarias forman parte del sistema transnacional de relatos que presentan narraciones fragmentadas en torno a sucesos históricos, geográficos y políticos que se presentan como realidades asociadas a la identidad nacional. De acuerdo con Gilles Lipovetsky en su texto El imperio de lo efímero (1990b), 

los mass-media inducen al individualismo, al consumo del espectáculo en reemplazo de la realidad, al abandono de las utopías en pos del pragmatismo, a la búsqueda del progreso individual sin importar lo que suceda a la colectividad, “estimulando las actitudes pasivas, embotando las facultades de iniciativa y creación y desalentando las actividades militantes; la cultura de masas no hace más que ampliar la esfera de desposesión subjetiva y actuar como instrumento de integración en el sistema burocrático y capitalista” (p.264).

La marca Narcos y la marca Pablo Escobar son exitosas en el mercado del entretenimiento, dado que son reconocidas internacionalmente. Son la representación de intereses que van más allá de lo meramente comercial, pues su caracterización no es ingenua. Están basadas en archivos para reconstruir un insistente relato que evidencia una posición política frente a los hechos. Incluso, sus narrativas alteran información y hechos que aún hoy son objeto de investigación judicial. La ambientación histórica perfila a un país azotado por el narco y la amenaza comunista, sin hacer referencia a la asociación directa entre el Estado, el paramilitarismo y el narcotráfico como parte de un proyecto político de largo aliento ya consolidado. Ni mucho menos se presenta la relación del conflicto armado en Colombia con el régimen neoliberal sostenido en la corrupción, el genocidio y la impunidad. En resumen, las narcoseries y las narcotelenovelas son la reescritura espectacular de la historia con guiones, pensados estratégicamente y puestos en escena en diversidad de formatos, cuya meta es contarle al ciudadano la versión oficial de los hechos y justificar una guerra interminable.

Como dijo el director de cine Michael Moore al recibir el Oscar por su documental Bowling for Columbine (2002), en marzo de 2003: 

“vivimos en tiempos de resultados electorales ficticios que deciden un presidente ficticio que nos manda a la guerra por razones ficticias” (citado en Vega, 2003, p.30).

Siguiendo esa lógica, las noticias tendenciosas se soportan sobre relatos ficticios y, como consecuencia de la repetición de los mismos discursos, se justifica lanzar bombas sobre la población civil, mientras la sociedad teledirigida aplaude la mano dura del terrorismo estatal. Ese espectáculo de la violencia solo es observado en las pantallas y es explicado por periodistas que balbucean un discurso diseñado en las oficinas de prensa de

 la casa presidencial. Las noticias, al ser potenciadoras de las realidades ficticias, separan a los individuos del contacto con el mundo, son una mera construcción mediática de los hechos. Según David Walton (2018):

Lo “real” de las noticias es el espectáculo, la simulación. No tiene sentido que el espectáculo de la guerra se base en una representación consecutiva de eventos; los medios de comunicación funcionan según sus propios códigos, intereses y convenciones. (s.p.)

Para continuar con el análisis tomo el concepto capitalismo de ficción de Verdú, quien caracteriza al capitalismo de los últimos 30 años 

como un sistema donde lo “real” se convalida por la “realidad del espectáculo”; sistema en el que el uso de la ficción impregna todos los relatos, se toma la realidad y se le convierte en un producto del relato ficcional espectacular. La audiencia se relaciona con una serie de códigos aprendidos como vertiente de una secuencia dada y estructurada con fines comunicativos muy específicos:

La atracción del espectáculo radica no ya en el puro espectáculo de lo real,

sino en la realidad misma “dando el espectáculo”. De esa manera, los espectadores se sientan ante la pantalla no tanto para ver un espectáculo, sino, cómo la realidad se espectaculariza ante sus ojos. (Verdú, 2003, p.64)

Según esas versiones de realidad ficcionalizada, las figuras ahora recicladas por medio de la ficción y convertidas en marcas, como: Los Tres Caínes, El patrón del Mal, Narcos y El Capo, incidieron en la versión oficial de la historia de Colombia. En estas representaciones los protagonistas son exaltados como los responsables de las enormes transformaciones ocurridas durante los últimos 50 años y, como si fuera una versión certera de los hechos contada por los noticieros, los programas de opinión y las narcotelenovelas narran la realidad de esa manera, por consiguiente, formando una red multidimensional del mismo relato. La historia la cuenta quien ha ganado la guerra, en Colombia, evidentemente la ganaron las estructuras narcoparamilitares vinculadas a los intereses de las clases dominantes, las mismas que manejan los canales de televisión, la industria y los monopolios de la información en el ámbito internacional.


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